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martes, 14 de agosto de 2018

La Verdad no puede ser buscada…



Párrafo del Libro “El Silencio Creador”
Compuesto de Conferencias de Jiddu Krishnamurti del año 1949, en Londres.

            Pregunta:  ¿Quiere Ud. decirnos qué es, en su opinión, la verdad que nos liberará? ¿Qué significa esta afirmación suya: “La verdad debe venir a vosotros; no podéis buscarla”?

            KRISHNAMURTI:  Es indudable que, por el hecho de comprender qué es lo falso,, qué es lo ilusorio, qué es la ignorancia, la verdad se manifiesta. ¿No es así? NO tenéis que buscarla, porque el instrumento con que buscáis es el pensamiento. Si soy codicioso, envidioso, lleno de prejuicios, y trato de buscar la verdad, mi verdad será evidentemente el resultado de la codicia, de la envidia, del prejuicio, y, por consiguiente, no es la verdad. Todo lo que puedo hacer es percibir qué es falso, darme cuenta de que soy condicionado, codicioso, envidioso. Eso es todo lo que puedo hacer: darme cuenta de ello imparcialmente. Entonces cuando en virtud de tal proceso me libro de la codicia, surge la verdad. Mas si buscamos la verdad, el resultado será sin duda la ilusión. ¿Cómo podríais buscar la verdad? La verdad tiene que ser algo desconocido para una mente enredada en lo falso, y nosotros lo estamos por el hecho de estar condicionados, en lo psicológico al igual que lo fisiológico; y una mente condicionada, haga lo que haga, no puede en modo alguno medir lo inconmensurable.
            Estas no son meras palabras. Podéis comprobar la verdad de lo que os digo si estáis  realmente dispuestos a escuchar como se debe. ¿Cómo puedo yo, estando condicionado por la creencia, por el miedo, por mi nacionalismo, por mis prejuicios, y de mil maneras por la codicia y la envidia; cómo puedo ver la verdad? Si algo veo, será una autoprotección. Lo que el “yo” busca es evidentemente una creación de él mismo, y, por lo tanto, es engañoso. Y el ver que ello es verdadero, el percibir la verdad de lo que acabo de decir, es ya un proceso de liberación; lo que es de por sí ‘el ver tal cosa’, el darse cuenta que ni la codicia ni la envidia podrán jamás encontrar ‘lo verdadero’. Bastará ver eso, observarlo, darse cuenta de eso en silencio, no sólo para quedar libre de codicia, sino para comprender lo que es verdadero.
            De modo, pues, que los que intentan buscar la verdad caerán sin ninguna duda alguna en la ilusión. La Verdad tiene que venir a vosotros; no podéis perseguirla, no podéis darle caza. Porque, en resumidas cuentas, ¿qué es lo que todos queremos? Queremos satisfacción, solaz, seguridad interior, paz; y eso es lo que buscamos. Le llamamos “verdad”; le aplicamos un nombre. Lo que buscamos en diferentes formas, a diferentes niveles, es satisfacción, no la verdad.

La verdad sólo puede manifestarse cuando el deseo de satisfacción, de seguridad, ha llegado a su fin; y ello es extremadamente arduo. Y como casi todos somos perezosos, inactivos, pretendemos buscar la verdad y formamos sociedades, organizaciones en torno a ella.
            Lo único que podemos hacer, pues, es darnos cuenta de nuestros propios apetitos, deseos y vanidades, sin que importe el nivel a que los situemos; es ser conscientes de todo eso y vernos libres de ello, lo que significa estar libres del “yo”. Entonces no necesitáis buscar la verdad; entonces la verdad vendrá a vosotros porque el terreno está preparado: una mente serena, no perturbada por sus propias agitaciones. Una mente en tales condiciones es capaz de recibir. Tiene que estar ‘negativamente consciente’, pasivamente alerta, lo cual es también muy difícil, sumamente arduo, porque la mente quiere ser algo, pretende un resultado, una realización. Y si ha fracasado en una dirección, procurará triunfar en otra. A ese éxito se le llama “búsqueda de la verdad”. La verdad, empero, es lo desconocido; debe ser descubierta de instante en instante, no en alguna abstracción ni en alguna acción aislada, sino en cada momento de nuestra existencia diaria.
‘Ver lo falso como falso’ es el comienzo de la verdad: lo falso en nuestro lenguaje, lo falso en nuestras relaciones, los pequeños apetitos, las mezquinas vanidades, las barbaridades en que incurrimos. Ver cuán cierto es que todo eso es falso, es el comienzo de la percepción de lo que es verdadero.
            Pero, por lo visto, casi ninguno de nosotros quiere ser consciente hasta ese punto. Es fatigoso. Preferimos evadirnos hacia alguna ilusión o refugiarnos en alguna creencia en la que podamos hallar aislamiento y consuelo. ¡Es tanto más fácil! Y en ese aislamiento decimos que “buscamos la verdad”. No es posible encontrar la verdad en el aislamiento. Estando psicológicamente en seguridad, teniendo certeza, no es posible que surja ante nosotros ‘la gran incertidumbre de la verdad’. Lo más que podemos hacer, pues, si somos realmente serios y esto nos interesa de veras, en dar a la verdad una oportunidad de manifestarse mediante el entendimiento de nuestra relación con las cosas, con las personas, con las ideas. La comprensión, entonces, trae libertad; y sólo en esa libertad puede estar Lo Real.


           


sábado, 11 de agosto de 2018

Como una suave lluvia sobre los cerros… Krishnamurti.



Del “Diario n°1”
De J. Krishnamurti

            31 de octubre de 1961.-

            Era un bello atardecer; el aire era puro, los cerros de color azul, violeta y púrpura oscuro; los campos de arroz disponían de agua en abundancia y lucían un color vivo que variaba del verde claro a un metálico y centellante verde intenso; algunos árboles ya se habían recogido para la noche, oscuros y silenciosos, mientras que otros aun permanecían abiertos reteniendo la luz del día. Las nubes eran negras sobre las colinas del oeste, y al norte y este reflejaban en plenitud la luz del sol que se había puesto tras de los cerros que ahora eran de un denso tono morado. No había nadie en el camino, los pocos que pasaron lo hicieron en silencio, y ya no se vela un trozo de cielo azul; las nubes se estaban reuniendo para la noche. Sin embargo, todo parecía estar despierto, las rocas, el lecho seco del río, los arbustos en la luz moribunda. La meditación, a lo largo de ese silencioso y desierto camino, llegó como una suave lluvia sobre los cerros; vino tan fácilmente, tan naturalmente como la noche cercana. No había esfuerzo de ninguna clase ni control con sus concentraciones y distracciones; no había un ordenar ni un perseguir; no existía en la meditación un negar o un aceptar, ni continuidad alguna de la memoria. El cerebro permanecía atento a cuanto lo rodeaba, pero silencioso, sin réplica, despreocupado pero reconociéndolo todo sin reaccionar. Estaba muy quieto y las palabras se habían desvanecido junto con el pensamiento. Se hallaba presente esa extraña energía -puede llamársela por cualquier otro nombre, ello no tiene importancia alguna-, una energía profundamente activa, sin objeto ni propósito; esa energía era creación, creación sin lienzo y sin mármol, y era también destrucción; no era el producto del cerebro humano, de la expresión y la decadencia. Era inaccesible, no podía ser clasificada y analizada, y el pensamiento y el sentimiento no son los instrumentos para su comprensión. No tenía absolutamente ninguna relación con nada; estaba totalmente sola en su vastedad e inmensidad. Y mientras uno avanzaba por ese camino que se iba oscureciendo, había el éxtasis de lo imposible; no del logro, del llegar, del éxito y todas esas inmaduras urgencias y respuestas, sino la profunda y vasta soledad de lo imposible. Lo posible es mecánico y lo imposible puede ser contemplado, tanteado y tal vez alcanzado, lo cual a su vez lo torna mecánico. Pero el éxtasis no tenía causa ni razón. Estaba simplemente ahí, no como una experiencia sino como un hecho, no para ser aceptado o negado, ni para ser discutido o disecado. No era una cosa que pudiera buscarse, porque no hay sendero que conduzca hacia ella. Todo tiene que morir para que ella sea; muerte, destrucción, vale decir, amor.
            Un pobre, agotado trabajador con ropas sucias y rasgadas, volvía al hogar con su vaca esquelética.





miércoles, 13 de diciembre de 2017

Más allá del tiempo y del espacio



Del Diario n°1
De J. Krishnamurti

30 de octubre de 1961.-

En todas partes había silencio; los cerros permanecían inmóviles, los árboles estaban quietos y desiertos los lechos de los ríos; los pájaros habían encontrado refugio por la noche y todo se hallaba en silencio, aun los perros de la aldea. Había llovido y las nubes estaban también inmóviles. El silencio fue creciendo y se tornó más intenso, amplio y profundo. Lo que antes estaba fuera, ahora estaba dentro de uno; el cerebro que había escuchado el silencio de los cerros, los campos y los bosques, ahora se hallaba silencioso; ya no se escuchaba a sí mismo; había pasado por eso y se había aquietado naturalmente, sin esfuerzo alguno. Sin embargo, estaba pronto para moverse al instante. Muy profundamente dentro de sí el cerebro estaba inmóvil, quieto; como un pájaro que pliega sus alas, se había replegado sobre sí mismo; no se hallaba dormido ni había pereza en él, sino que al replegarse sobre sí mismo había penetrado en profundidades que se encontraban completamente fuera de su alcance. El cerebro es esencialmente superficial; sus actividades y respuestas son inmediatas, aunque esta inmediatez sea traducida a términos de futuro. Los pensamientos y sentimientos del cerebro están en la superficie, aun cuando pueda pensar y sentir muy lejos dentro del futuro y retroceder hacia el interior del pasado. Toda experiencia y recuerdo son profundos sólo hasta donde alcanza su propia limitada capacidad, pero cuando el cerebro se aquieta y se repliega sobre sí mismo, deja de experimentar tanto externa como internamente. La conciencia -los fragmentos de tantas experiencias, de tantas compulsiones, miedos, esperanzas y desesperación del pasado y del futuro, las contradicciones de la raza y de sus propias actividades egocéntricas- se hallaba ausente; la conciencia no estaba ahí. Todo el ser permanecía absolutamente quieto, silencioso, y en esa intensidad del ser no había más ni menos; había un penetrar en profundidad -o surgió una profundidad en la cual no podían penetrar el pensamiento, el sentimiento, la conciencia. Era una dimensión que el cerebro no podía capturar ni comprender. Y no había un observador que observara esta profundidad. Cada parte de la totalidad del propio ser estaba alerta, sensible, pero intensamente quieta. Esta cualidad de lo nuevo, esta profundidad se expendía, estallaba alejándose, desplegándose mediante sus propias explosiones, pero fuera del tiempo y más allá del tiempo y del espacio.





sábado, 9 de diciembre de 2017

LOS CIMIENTOS DE LA MEDITACIÓN

Los cimientos de la meditación… (J. Krishnamurti)

Del “Diario n°1, de J. Krishnamurti

29 de octubre de 1961.

Era en verdad un atardecer extraordinariamente bello. Había estado lloviznando a intervalos desde la mañana y eso lo mantuvo a uno enjaulado adentro durante todo el día; hubo una plática con su discusión correspondiente, entrevistas personales, etcétera. Había cesado de llover por algunas horas y era agradable poder salir. Hacia el occidente había nubes oscuras, casi negras, cargadas de lluvia y truenos; estaban suspendidas sobre los cerros tiñéndolos de un oscuro color purpúreo y tornándolos excepcionalmente opresivos y amenazantes. El sol se ponía entre un tumultuoso frenesí de nubes. Hacia el oriente las nubes estallaban colmadas de luz crepuscular; cada una de ellas tenía una forma diferente, brillaba con su propia luz y se destacaba sobre los cerros inmensa, sobrecogedoramente viva, remontándose hacia los astros. Había sectores de cielo azul, tan intensamente azul, con un verde tan delicado que se desvanecía en la blanca luz de las estallantes nubes. Los cerros estaban esculpidos con la dignidad de un tiempo infinito; uno de ellos se veía iluminado desde adentro; transparente y extrañamente delicado parecía por completo artificial; otro, cincelado en granito, oscuramente solitario, tenía la forma de todos los templos del mundo. Cada cerro estaba vivo, pleno de movimiento, distante con la profunda gravedad del tiempo. Era un atardecer maravilloso, lleno de belleza, silencio y luz.
Todos nosotros habíamos empezado el paseo juntos, pero ahora nos habíamos separado, silenciosos, a corta distancia los unos de los otros. El camino atravesaba ásperamente el valle sobre los lechos secos de arena roja salpicados de finas gotas de lluvia. Luego el camino daba una vuelta y se dirigía hacia el este. En la parte baja del valle hay una alquería blanca rodeada de árboles, entre los que se destaca uno enorme que abarca a todos los demás. Era una vista apacible y la tierra parecía estar bajo un hechizo. La silenciosa casa se hallaba a una milla o algo así entre los verdes, deliciosos campos de arroz. Uno la había visto a menudo desde donde el camino proseguía hacia la desembocadura del valle y más allá; era éste el único camino para entrar o salir del valle a pie o en automóvil. La casa blanca rodeada de esos pocos árboles había estado ahí por algunos años y siempre había sido una vista agradable, pero al verla en este atardecer desde un recodo del camino, había en relación con ella una belleza y un sentimiento por completo diferentes. Porque «lo otro» estaba ahí, y ascendía por el valle; como si hubiera una cortina de lluvia y tan sólo ahí no lloviera; llegaba como llega la brisa, suave y dulcemente, y estaba ahí tanto fuera como dentro de uno. No era pensamiento ni sentimiento, ni era una fantasía, una cosa del cerebro. Cada vez que ocurre, ello es tan nuevo y sorprendente, tan puras su fuerza y su vastedad, que hay siempre asombro y júbilo. Es algo totalmente desconocido y lo conocido no tiene contacto con ello. Para que ello sea, lo conocido debe morir completamente. La experiencia sigue estando dentro del campo de lo conocido, de modo que ello no es una experiencia. Toda experiencia es un estado de inmadurez. Uno sólo puede experimentar y reconocer como experiencia algo que ya haya conocido previamente. Pero esto no era experimentable, cognoscible; debe cesar toda forma de pensamiento y sentimiento, porque todo eso es conocido y cognoscible; el cerebro y la totalidad de la conciencia tienen que estar libres de lo conocido y deben vaciarse sin ninguna clase de esfuerzo. Ello estaba ahí, dentro y fuera de uno; uno caminaba en ello y con ello. Los cerros, el campo, la tierra entera estaban con ello.

Era muy temprano en la mañana y aun había oscuridad. Durante toda la noche hubo lluvia y truenos; las ventanas se golpeaban y el agua entraba copiosamente en la habitación. Ni una sola estrella era visible, el cielo y los cerros se hallaban cubiertos de nubes y llovía furiosa y ruidosamente. Al despertar, la lluvia había cesado y todavía estaba oscuro. La meditación no es una práctica, no consiste en seguir un sistema, un método; éstos sólo conducen al oscurecimiento de la mente y siempre son un movimiento que está dentro de las fronteras de lo conocido; en su actividad hay desesperación e ilusión. Reinaba mucha quietud en el amanecer y ni una hoja ni un pájaro se movían. La meditación que comenzó a desconocidas profundidades y continuaba creciendo en intensidad y alcance, esculpía el cerebro tornándolo totalmente silencioso, arrancando de raíz los pensamientos, extirpando sentimientos, vaciando el cerebro de lo conocido y su sombra. Era una operación quirúrgica en la que no había operador, ni cirujano; ella continuaba, tal como un cirujano opera un cáncer, cortando todo el tejido contaminado para que la contaminación no vuelva a extenderse. Esta meditación prosiguió durante una hora por el reloj. Y era una meditación sin el meditador. El meditador interfiere con sus estupideces y vanidades, sus ambiciones y su codicia. El meditador es el pensamiento que se nutre en estos conflictos y males, y el pensamiento debe cesar completamente en la meditación. Estas son las bases, los cimientos para la meditación.






SER NADA...


lunes, 20 de febrero de 2017

Hay un árbol, junto al río…


Del último Diario (n°3) de Jiddu Krishnamurti.

Este diario de K., no fue ni dictado ni escrito por él mismo, sino grabado por su propia voz, en soledad, en un grabador magnetofónico. Con cerca de 90 años, fue lo último que hizo K. antes de partir de este mundo.

OJAI, CALIFORNIA. Viernes, 25 de febrero, 1983

Hay un árbol junto al río, y hemos estado observándolo día tras día por algunas semanas, cuando el sol está a punto de asomarse. A medida que el sol se levanta lentamente sobre el horizonte, por encima de los árboles, este árbol particular se torna súbitamente de oro. Todas las hojas se ven radiantes de vida, y cuando uno contempla ese árbol mientras las horas pasan ‑no importa el nombre del árbol, lo que importa es su belleza- una cualidad extraordinaria parece extenderse sobre toda la tierra, sobre el río. Y cuando el sol asciende un poco más, las hojas comienzan a aletear, a danzar. Y cada hora que pasa parece conferir a ese árbol una cualidad diferente. Antes de salir el sol se le ve melancólico, sosegado, muy distante y pleno de dignidad. Y al comenzar el día, las hojas cubiertas de luz danzan y le dan al árbol ese peculiar sentimiento que uno tiene de inmensa belleza. A mediodía su sombra se ha hecho más profunda, y uno puede sentarse ahí protegido del sol, sin sentirse jamás solo con el árbol como compañero. Mientras uno permanece ahí, existe una relación de profunda y perdurable seguridad y una libertad que únicamente los árboles pueden conocer.
Hacia el anochecer, cuando el cielo occidental se ilumina con el sol poniente, el árbol se vuelve poco a poco sombrío, oscuro, y se cierra sobre sí mismo. El cielo se ha vuelto rojo, amarillo y verde, pero el árbol permanece quieto, oculto, y descansa durante la noche.
Si uno establece una relación con el árbol, entonces está relacionado con la humanidad. Uno es responsable, entonces, por ese árbol y por los árboles del mundo. Pero si uno no se relaciona con las cosas vivientes de esta tierra, puede perder toda relación con la humanidad, con los seres humanos. Nosotros nunca observamos profundamente la cualidad de un árbol; nunca lo tocamos realmente sintiendo su solidez, su áspera corteza, ni escuchamos el sonido que es parte del árbol. No el sonido del viento entre las hojas, ni el de la brisa que en la mañana agita el follaje, sino el sonido propio del árbol, el sonido del tronco y el silencioso sonido de las raíces. Uno tiene que ser extraordinariamente sensible para escuchar el sonido. Este sonido no es el ruido del mundo, ni el ruido del parloteo mental, ni el de la vulgaridad de las disputas humanas y del conflicto humano, sino el sonido como parte del universo.
Es extraño que tengamos tan poca relación con la naturaleza, con los insectos, con la rana saltarina, con el búho que ulula entre los cerros llamando a su pareja. Parece que nunca experimentamos sentimiento alguno por todas las cosas vivientes de la tierra. Si pudiéramos establecer una profunda y duradera relación con la naturaleza, jamás mataríamos un animal para satisfacer nuestro apetito, jamás haríamos daño a un mono, a un perro o a un conejillo de Indias practicando en ellos la vivisección para nuestro propio beneficio. Encontraríamos otros medios para curar nuestras heridas, nuestros cuerpos. Pero la curación de la mente es algo por completo distinto. Esa curación tiene lugar gradualmente si uno está con la naturaleza, con esa naranja en el árbol, con la brizna de hierba que empuja a través del cemento, con los cerros cubiertos, ocultos por las nubes.

Esto no es sentimentalismo ni imaginación romántica, sino la realidad de una relación con todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra. El hombre ha matado millones de ballenas y aún las sigue matando. Todo lo que obtenemos de esa matanza podríamos obtenerlo por otros medios. Pero al parecer el hombre gusta de matar cosas; mata al ciervo veloz, a la maravillosa gacela y al gran elefante. Nos gusta matarnos los unos a los otros. Este matar a otros seres humanos jamás ha cesado a lo largo de toda la historia de la vida del hombre sobre la tierra. Si pudiéramos ‑y tenemos que hacerlo- establecer una profunda y perdurable relación con la naturaleza, con los árboles reales, los arbustos, las flores, la hierba y las rápidas nubes, entonces jamás mataríamos a otro ser humano por ninguna razón. La guerra es el asesinato organizado, y aunque nos manifestemos contra una guerra en particular ‑la guerra nuclear o cualquier otro tipo de guerra- jamás nos hemos manifestado contra la guerra en sí. Jamás hemos dicho que matar a otro ser humano es el más grande pecado de la tierra.





LA REVOLUCIÓN DE LA TOTALIDAD DE LA CONCIENCIA


Diario n°1 de J. Krishnamurti
26-10-1961.- (2° parte).

                (…) El tiempo es una ilusión. Existe un mañana y han existido muchos ayeres; este tiempo no es una ilusión. El pensamiento que utiliza al tiempo como un medio para producir un cambio interno, un cambio psicológico, está persiguiendo un no-cambio, porque un cambio semejante sólo es una continuidad modificada de lo que ha sido; un pensamiento así es perezoso, pospone, encuentra refugio en la ilusión de lo gradual, en los ideales, en el tiempo.
La mutación no es posible a través del tiempo. La misma negación del tiempo es la mutación; ésta tiene lugar cuando son negadas todas las cosas que han tenido su origen en el tiempo: el hábito, la tradición, la reforma, los ideales. Uno niega el tiempo y la mutación ha ocurrido, una mutación total, no la alteración de los patrones o la sustitución de un patrón por otro. Pero adquirir conocimiento, aprender una técnica requiere tiempo, que no puede ni debe ser negado; estas cosas son esenciales para la existencia. El tiempo para ir desde aquí hasta allá no es una ilusión, pero toda otra forma de tiempo es ilusoria. En esta mutación hay atención, y gracias a esta atención existe una dase de acción por completo diferente. Una acción así no se vuelve un hábito, una sensación, una experiencia, un conocimiento que se repiten y que embotan el cerebro y lo tornan insensible a una mutación.
‘La virtud’, pues, no consiste en el hábito mejor, en la mejor conducta; la virtud carece de un patrón, no esta limitada; no tiene el sello de la respetabilidad; no es un ideal que pueda ser perseguido, materializado por el tiempo. La virtud es, por eso, algo peligroso para la sociedad, no una cosa dócil y sumisa. Amar implica, pues, destrucción, una revolución no económica o social, sino una revolución de la totalidad de la conciencia.





sábado, 14 de enero de 2017

Un valle abierto a los cielos…



Diario n°1 de Krishnamurti

26 de octubre de 1961 (1° parte)

Justo al otro lado de la galería hay un árbol con gran cantidad de espectaculares flores de color rojo, mientras que el verde de las enormes hojas resalta vívido e intenso después de las últimas lluvias. El rojo de las flores tiene un tinte anaranjado, y contra el verde del follaje y de la colina rocosa, parece como si se hubieran apartado de la tierra y cubrieran todo el espacio de la madrugada. Era una hermosa mañana con nubes, y había esa luz que torna claro y brillante cada color. No se agitaba una sola hoja y todas aguardaban esperanzadas otra lluvia; el sol sería ardiente y la tierra necesitaba más agua en abundancia. Los lechos de los ríos habían permanecido silenciosos por muchos años; en ellos crecían arbustos y el agua resultaba indispensable en todas partes. Los pozos estaban muy bajos y los aldeanos sufrirían si el agua siguiera faltando. Las nubes sobre los cerros eran negras, cargadas con la promesa de la lluvia. Tronaba y había relámpagos lejanos, y en seguida se desencadenó un aguacero. No duró mucho pero de momento era suficiente y había una promesa de más lluvia.
Donde el camino desciende hay un puente que cruza el rojo y arenoso lecho seco de un río; mirando desde el puente hacia el oeste, las colinas resaltaban negras, melancólicas; a la luz del atardecer los ricos campos florecidos de arroz eran increíblemente bellos. Al otro lado había árboles de un intenso verde oscuro, y hacia el norte estaban los cerros de color violáceo; el valle descansaba abierto a los cielos. Todos los colores, visibles e invisibles, se hallaban en ese valle bajo la luz crepuscular. Cada color principal tenía sus armónicos, unos ocultos, otros manifiestos, y cada hoja y cada brizna de arroz estallaban con el deleite del color. Este era intenso, poderoso, no suave ni dulce. Las nubes se estaban amontonando negras y cargadas, en especial sobre los cerros, y en la lejanía relampagueaba silenciosamente. Comenzaron a caer las primeras gotas; entre los cerros ya estaba lloviendo y pronto la lluvia estaría aquí. Una bendición para una tierra extenuada y hambrienta.
Después de una comida liviana, estábamos todos hablando acerca de cosas relativas a la escuela, de cómo era necesario esto o aquello, de lo difícil que resultaba encontrar buenos maestros, de lo indispensables que era las lluvias, etc. Ellos continuaban hablando, y entonces súbita e inesperadamente apareció «lo Otro», (‘lo inconmensurable’), estaba ahí con tal inmensidad y con una fuerza tan arrolladora que uno se aquietó completamente; los ojos lo veían, el cuerpo lo sentía y el cerebro estaba alerta sin pensamiento alguno. La conversación no era demasiado seria, y en medio de esta atmósfera incidental estaba ocurriendo algo tremendo. Permaneció con uno en el momento de ir a acostarse y prosiguió como un susurro durante la noche. No hay experiencia de ello; está simplemente ahí, con su ímpetu incontenible y su bendición. Para que algo sea experimentado debe haber un experimentador, pero cuando no lo hay existe un fenómeno por completo diferente. No hay aceptación de ello ni rechazo; está simplemente ahí, como un hecho. Este hecho no se hallaba relacionado con cosa alguna ni en el pasado ni en el futuro, y el pensamiento no podía establecer ninguna comunicación con él; carecía de valor en términos de utilidad o provecho, nada podía obtenerse de él. Pero estaba ahí, y por su misma existencia había amor, belleza, inmensidad. Sin efe hecho, nada hay. Sin la lluvia, la tierra perecería…





viernes, 30 de diciembre de 2016

La sensibilidad


Krishnamurti. “Diario n°1”.

                Día 25 de octubre de 1961.

La sensibilidad es por completo diferente del refinamiento; la sensibilidad es un estado integral, el refinamiento siempre es parcial. No hay sensibilidad parcial; o ella es el estado de la totalidad del propio ser, de la conciencia total, o no existe en absoluto.
La sensibilidad no es para ser acumulada poco a poco; no se la puede cultivar; no es el resultado de la experiencia y el pensamiento, no es un estado emocional. Tiene la cualidad de la precisión, sin la sugestión del romanticismo y de la fantasía. Sólo quien es sensible puede enfrentarse a lo real sin escapar hacia toda dase de confusiones, opiniones y evaluaciones. Únicamente aquel que es sensible puede estar solo, y esta madura soledad interna es destructiva. Esta sensibilidad está despojada de todo placer y, por tanto, tiene austeridad, no la austeridad del deseo y la voluntad sino la del ver y comprender.
En el refinamiento hay placer; el refinamiento está relacionado con la educación, la cultura, el medio; su curso es interminable y es el resultado de la opción, el conflicto y el dolor, y siempre está aquel que opta, el que se refina, el que censura. Y así es como siempre existen el conflicto, la contradicción, el dolor. El refinamiento lleva a aislarse, a apartarse mediante el encierre en uno mismo, conduce a la separación que engendran el intelecto y el conocimiento. Es una actividad egocéntrica, por iluminada que pueda estar estética y moralmente. Hay una gran satisfacción en el proceso del refinamiento, pero sin el júbilo de lo profundo; es superficial y mezquino, sin mayor significación.
El refinamiento y la sensibilidad son dos cosas diferentes: una conduce a la muerte que aísla y la otra a la vida que no tiene fin.









jueves, 22 de diciembre de 2016

Oro candente…

Jiddhu Krishnamurti

Día 25-10-1961.-  (“Diario n°1, de Jiddu Krishnamurti).

Hay una hierba de largo tallo, alguna clase de maleza silvestre que crece en el jardín y que tiene una florescencia plumosa, oro candente que destella en la brisa inclinándose hasta quebrarse, pero sin romperse jamás salvo bajo un viento fuerte. Hay un grupo de estas malezas color beige dorado, y cuando la brisa sopla las hace danzar; cada tallo tiene su propio ritmo, su propio esplendor, y son como una ola cuando se mecen todos juntos; entonces el color, a la luz del atardecer, es indescriptible; es el color del crepúsculo, de la tierra de los cerros dorados y de las nubes. Las flores contiguas son demasiado definidas, demasiado toscas, y exigen que uno las mire. Estas hierbas silvestres poseen una extraña delicadeza; tienen un tenue aroma a trigo y a tiempos antiguos; son fuertes y puras, plenas de vida en abundancia. Pasaba cerca una nube crepuscular llena de luz mientras el sol descendía tras del oscuro cerro. La lluvia había dado a la tierra un grato olor y el aire era agradablemente fresco. Llegaban las lluvias y la tierra estaba expectante.
Ello ocurrió de pronto, al regresar a la habitación; estaba ahí, con una acogedora bienvenida, totalmente inesperado. Uno había entrado sólo para volver a salir; habíamos estado conversando sobre diversas cosas, ninguna demasiado seria. Fue una conmoción y una sorpresa encontrarse con la bienvenida de «lo otro» en la habitación; estaba aguardando ahí con tan clara invitación que parecía vana una disculpa. En varias oportunidades, muy lejos de aquí, en Wimbledon, bajo algunos árboles y a lo largo de un sendero que muchísimos transitaban, ello había estado aguardando en un recodo del camino; con asombro uno permanecía ahí, cerca de aquellos árboles, completamente abierto, vulnerable, sin habla, sin un solo movimiento. No era una fantasía, una ilusión autoproyectada; la otra persona que para ese entonces se encontraba allí también lo percibió. Ello se presentó ahí en distintas ocasiones, con una bienvenida de amor que todo lo abarcaba, y era algo completamente increíble; cada vez tenía una nueva cualidad, una nueva belleza, una nueva austeridad. Y así era en esta habitación, algo totalmente nuevo y absolutamente inesperado. Era belleza que aquietaba la mente entera y dejaba el cuerpo sin un solo movimiento, tornando a la mente, al cerebro y al cuerpo intensamente alertas y sensibles; ello hacia estremecer al cuerpo, y en unos pocos minutos «lo otro», con su acogedora bienvenida, había desaparecido tan velozmente como había llegado. Ningún pensamiento, ninguna emoción caprichosa podría jamás suscitar un acontecimiento semejante; el pensamiento es mezquino, haga lo que haga, y el sentimiento es muy frágil y engañoso; ninguno de ellos, en sus más disparatados empeños, podría fabricar estos sucesos. Son inmensurablemente grandes, demasiado inmensos en su fuerza y pureza para el pensamiento o el sentimiento; éstos tienen raíces y aquellos no tienen ninguna. No son para que se les invite o retenga; el pensamiento y el sentimiento pueden jugar toda clase de tretas hábiles e imaginativas, pero no pueden inventar ni contener «lo otro». Ello existe por si mismo y nada puede alcanzarlo.





Un éxtasis inesperado… (Krishnamurti)



Krishnamurti, “Diario n°1”

Día 24-10-1961.-   

La luna estaba llegando exactamente sobre los cerros, atrapada en una larga nube serpentina que le daba una fantástica forma. Estaba enorme, empequeñecía a los cerros, a la tierra con sus verdes pastizales. Allí donde ella iba surgiendo, el cielo se tornaba más claro y había menos nubes; pero pronto desapareció entre los oscuros nubarrones cargados de lluvia. Comenzó a lloviznar y la tierra estaba contenta; aquí no llueve mucho y cada gota tiene valor; la gran higuera y el tamarindo y el mango disputarían a causa de ello, pero las plantas pequeñas y la siembra de arroz se regocijaban aún con una lluvia tan escasa. Infortunadamente, incluso las pocas gotas cesaron y pronto la luna brilló en un cielo claro. En la costa estaba lloviendo furiosamente, pero aquí donde la lluvia era indispensable, las nubes cargadas pasaban de largo. Era un hermoso anochecer y había sombras oscuras y profundas de múltiples diseños. La luna brillaba intensamente, las sombras estaban muy quietas y las hojas recién lavadas centelleaban. Mientras uno iba paseando y conversando, la meditación proseguía bajo las palabras y la belleza de la noche. Proseguía a una gran profundidad fluyendo hacia adentro y hacia afuera; era un movimiento que estallaba y se expandía. Uno se daba cuenta de ello; ocurría; no era algo que uno estuviera experimentando, el experimentar limita; ello tenía lugar, sucedía sin la participación de uno; el pensamiento no podía compartirlo porque el pensamiento, en cualquiera de sus formas, es una cosa muy vana y mecánica; ni la emoción podía enredarse en ello; era algo demasiado perturbadoramente activo para ambos. Estaba ocurriendo a una profundidad tan desconocida que no existía medida posible para ella. Pero había una gran quietud… Era algo muy sorprendente y nada común. Las hojas oscuras brillaban y la luna había trepado bien alto; estaba del lado occidental e inundaba la habitación. Faltaban aún muchas horas para el amanecer y no se escuchaba un sonido; hasta los perros de la aldea habían callado con sus penetrantes ladridos. Al despertar, ello estaba ahí, con claridad y precisión; estaba ahí «lo Otro», y era necesario despertar, no dormir; fue algo deliberado para que uno advirtiera lo que estaba sucediendo, para que hubiera plena y lúcida conciencia respecto de lo que ocurría. Dormido, ello podría haber sido un sueño, una insinuación del inconsciente, una treta del cerebro; pero al estar totalmente despierto, «lo otro», esta cosa extraña e incognoscible, era una palpable realidad, un hecho y no una ilusión o un sueño. Tenia una cualidad -si es que tal palabra puede aplicársele- de levedad e impenetrable fuerza. Incluso estas palabras poseen cierto significado definido y comunicable, pero pierden todo sentido cuando «lo otro» tiene que comunicarse en palabras; las palabras son símbolos pero ningún símbolo puede jamás transmitir la realidad. Ello estaba ahí, con un poder tan incorruptible, tan inaccesible que nada podía destruirlo. Uno puede acercarse a algo con lo que está familiarizado, uno debe conocer el mismo idioma para poder comunicarse, tiene que haber alguna clase de proceso del pensamiento, verbal o no verbal; sobre todo tiene que haber mutuo reconocimiento. No había nada de eso. Uno puede decir: es esto o es aquello, es tal o cual cualidad, pero en el momento en que ello tenía lugar no había verbalización porque el cerebro estaba completamente silencioso, sin movimiento alguno del pensar. «Lo otro» no está relacionado con nada, y todo pensamiento, toda existencia es un proceso de causa-efecto; por consiguiente, no había relación alguna con ello ni había comprensión de ello. Era una llama inaccesible y uno sólo podía mirarla y guardar su distancia. Y al despertar, súbitamente, eso estaba ahí. Y con eso adivino un éxtasis inesperado, un júbilo sin razón alguna; no había causa para ello, porque en ningún momento había sido buscado ni perseguido. Este éxtasis estaba ahí al despertar otra vez a la hora habitual, y continuó por un largo período de tiempo.


lunes, 19 de diciembre de 2016

Viendo desde el Vacío…


Vivencias narradas por J. Krishnamurti en su “Diario n°1”

Día 23-10-1961.- 

La completa quietud del cerebro es una cosa extraordinaria; en esa quietud el cerebro es altamente sensible, vigoroso, lleno de vida, consciente de cada movimiento externo, pero se halla completamente abierto, libre de cualquier estorbo, sin ningún deseo secreto, sin perseguir nada; está quieto y, por tanto, no existe conflicto alguno, el cual es esencialmente un estado de contradicción. Está completamente quieto en el vacío; esta vacuidad no es un estado de carencia, de mente en blanco; es energía que no tiene un centro, que no tiene un límite. Bajando por la apiñada calle, sórdida y maloliente, en medio del rugir de los autobuses, el cerebro estaba atento a las cosas que lo rodeaban, y el cuerpo caminaba, sensible a los olores, a la suciedad, a los sudorosos obreros, pero no había un centro desde el cual tuviera lugar una observación, un dirigir, un censurar las cosas. Durante toda esa milla y al regresar, el cerebro estuvo sin un solo movimiento que significara pensar o sentir; el cuerpo se fatigaba, poco acostumbrado a la humedad y al espantoso calor reinante pese a que el sol se había puesto cierto tiempo atrás. Era un fenómeno extraño, aun cuando ya hubiera ocurrido antes algunas veces. Uno nunca puede habituarse a ninguna de estas cosas, porque no es algo que pertenezca al hábito o al deseo. Ello es siempre sorprendente después que ha pasado. En el atestado avión [a Madrás] hacia calor y aun a aquella altura, unos ocho mil pies, parecía que jamás iría a refrescar.
En ese avión matinal, súbitamente y del modo más inesperado, advino «lo otro». Ello nunca es igual, es siempre nuevo, imprevisto; lo más extraño al respecto es que el pensamiento no puede volver a ello, reconsiderarlo, examinarlo deliberadamente. La memoria no interviene en eso, porque cada vez que ocurre es tan totalmente nuevo e inesperado que no deja tras de sí ningún recuerdo. Por ser un acontecimiento completo y total, no se graba en la memoria para registrarse como un recuerdo Así, siempre es nuevo, joven, imprevisto. Llegó acompañado de una extraordinaria belleza, no a causa de la forma fantástica de las nubes o por la luz que éstas contenían, ni por el cielo tan infinitamente delicado y azul; no había razón ni causa para su increíble belleza y por eso era bello. Era la esencia, no la de todas las cosas que han sido producidas y a las que se ha dado forma para que se las sienta y se las vea, sino la esencia de toda la vida que ha sido, es y será, la vida sin tiempo. Ello estaba ahí y era el frenesí de la belleza.
El pequeño automóvil volvía a su valle, lejos de las ciudades y las civilizaciones; saltaba por caminos accidentados llenos de baches, tomaba agudas curvas gimiendo, crujiendo, pero seguía adelante; no era un auto viejo, pero había sido descuidadamente montado; olía a petróleo y aceite, pero corría de vuelta al hogar, tan rápido como le era posible, sobre caminos pavimentados y sin pavimentar. La tierra estaba hermosa, había llovido recientemente, la noche anterior. Los árboles rebosaban de verdes y brillantes hojas -el tamarindo, la gran higuera y otros innumerables árboles; se veían muy vitales, frescos y jóvenes pese a que algunos de ellos debían ser muy viejos. Estaban ahí los cerros y la tierra roja; no eran cerros impresionantes sino suaves y antiguos, algunos de ellos los más antiguos de la tierra, y a la luz del anochecer se veían con ese azul añejo que sólo determinados cerros suelen tener. Algunos eran rocosos y estaban desnudos, otros tenían arbustos achaparrados y en unos pocos había unos cuantos árboles, pero se mostraban benévolos y amistosos como si hubieran visto todo el dolor del mundo. Y la tierra a sus pies era roja; las lluvias la habían tornado más roja aún; no era el rojo de la sangre o el del sol o el de algún tinte fabricado por el hombre; era rojo, el color que contenía todos los rojos; había en él claridad y pureza, y el verde resaltaba sobrecogedor en contraste con ese rojo. Era un hermoso anochecer y estaba refrescando porque el valle se encontraba a cierta altura.
En medio de la luz crepuscular y de los cerros que se tomaban más azules y del rojo cada vez más vivo de la tierra, «lo otro» advino silenciosamente acompañado de una bendición. Ello es maravillosamente nuevo cada vez, y sin embargo es lo mismo. Era inmenso en su fuerza, la fuerza de la destrucción y la vulnerabilidad. Llegó con tanta plenitud, y en un instante había desaparecido; fue un instante más allá de todo tiempo. El día había sido agotador pero el cerebro se hallaba extrañamente alerta, viendo sin el observador; viendo no con la experiencia sino desde el vacío.




miércoles, 4 de mayo de 2016

Un hálito de inmensidad… (Krishnamurti)


Vivencias narradas por J. Krishnamurti en su “Diario n°1”

Día 21-10-1961.-  

Las palmeras se mecían con gran dignidad, inclinándose placenteramente ante la brisa marina que venia del oeste; parecían tan distantes de la ciudad ruidosa y atestada. Se veían oscuras contra el cielo crepuscular; sus troncos eran altos y bien formados, finos a fuerza de muchos años de paciente trabajo; esas palmeras dominaban el anochecer de las estrellas y el cálido mar. Casi tendían sus palmas para recibirlo a uno, para arrebatarlo de la sórdida calle, pero la brisa vespertina se las llevaba para llenar el cielo con su movimiento. La calle estaba atestada; nunca estaría limpia, demasiada gente había escupido sobre ella; habían ensuciado sus paredes con los anuncios de los últimos filmes; las habían embadurnado con los nombres de aquellos a quienes uno debía otorgar su voto, con los símbolos partidarios; era una calle sórdida aun cuando fuera una de las arterias principales de la ciudad; pasaban autobuses mugrientos; los taxis lo aturdían a uno con sus bocinazos y parecía que por ahí habían transitado muchos perros. Un poco más lejos estaban el mar y el sol poniente, que era una roja bola de fuego; había sido un día abrasador y el sol enrojecía el mar y las escasas nubes. No había una sola onda en el mar, pero éste se veía inquieto y sombrío. Hacía demasiado calor para que fuera un anochecer agradable y la brisa parecía haber olvidado su encanto. A lo largo de la sórdida calle, con la gente empujándolo a uno, la meditación era la misma esencia de la vida. El cerebro, tan delicado y vigilante, estaba completamente quieto, observando las estrellas, atento a la gente, a los olores, al ladrido de los perros… Una solitaria hoja amarilla cayó sobre la sucia carretera y el automóvil que pasaba la destruyó; estaba tan llena de color y belleza y fue destruida tan fácilmente.
Mientras uno caminaba por la calle bordeada de unas pocas palmeras, «lo otro»(1)  advino como una ola que purificaba y fortalecía; estaba ahí como un perfume, como un hálito de inmensidad. No era un sentimiento, una ficción engendrada por la ilusión o por la fragilidad del pensamiento; estaba ahí, distinto y claro, sin confusión posible, sin vacilación, definido, preciso. Estaba ahí, una cosa sagrada, y nada podía alcanzarla, nada podía quebrar su finalidad. El cerebro era consciente de la proximidad de los autobuses que pasaban, de la calle húmeda y del chillido de los frenos; se daba cuenta de todas estas cosas y, más allá, del mar; pero el cerebro no tenía relación con ninguna de estas cosas; estaba completamente vacío, sin raíces de ninguna clase, vigilando, observando desde esta vacuidad. «Lo otro» presionaba sobre él con aguda urgencia. Ello no era un sentimiento, una sensación, sino algo tan real como el hombre que estaba llamando. No era una emoción que cambia, que varia y continúa, y el pensamiento no podía alcanzarlo… Estaba ahí con la determinación de la muerte que ningún pensamiento podría disuadir. Como no tenía raíces ni relación alguna con nada, nada podía contaminarlo; era indestructible…




1- “Lo otro”: Krishnayi llamaba de esa manera a ‘lo inconmensurable’, “Aquello” que está más allá del pensamiento, “Eso” que es insondable presencia de paz y bendición.



lunes, 22 de febrero de 2016

El miedo y la libertad


Osho (De: “Tao, los tres tesoros”)

“…El miedo tiene que ver con la vida no vivida… Tienes miedo de que no has sido capaz de vivir, de amar, y la muerte se acerca, y acabará con todo. Ya no existirás, y no has sido capaz de amar.
Es como un árbol que no ha florecido, y el leñador se acerca, así que el árbol se asusta, sin saber lo que va a suceder. El miedo no viene de la muerte, el miedo viene de algo que no ha sucedido. El árbol sabe muy bien que no han llegado sus frutos, que no han llegado las flores, que no ha florecido. El árbol aún no ha conocido la primavera; no ha bailado con los vientos; no ha amado y no ha vivido. La vida no vivida crea el miedo… y el leñador se acerca… Cuando llegue no habrá futuro (no habrá continuidad). Muerte significa no-futuro. El pasado se ha ido, no hay futuro, y el presente es tan estrecho… El miedo te invade, tiemblas…
El miedo siempre es ‘lo no vivido’. Si vives totalmente no tienes miedo a nada. Si la muerte llega ahora mismo, estoy listo. He vivido. Todo está completo, nada está incompleto. La muerte no puede destruir lo total. Si algo estuviese incompleto, entonces me gustaría que la muerte esperase un poco, pero todo está completo. He tomado mi baño esta mañana; os he hablado, todo lo que tenía que suceder, ha sucedido. Estoy completamente dispuesto. Si viene la muerte estoy dispuesto; no siquiera miraré hacia atrás una sola vez, porque no hay nada que mirar. Todo está completo. Y siempre que algo está completo te liberas de ello; con una vida vivida realmente, uno queda libre de ella; con una vida no vivida (o vivida fragmentariamente), nunca puedes quedar libre de ella. Puedes irte a las cuevas, a los Himalayas, al Tibet, puedes irte a cualquier sitio, pero nunca serás libre, y siempre tendrás miedo.
El miedo y la libertad no pueden existir juntos. Cuando llega la libertad - y “la libertad llega solo cuando has vivido, florecido, y todo está completo y acabado”-, entonces ¿para qué vas a anhelar vivir más tiempo? No necesitas ni un solo momento más. Entonces, el miedo se ha ido…”



Una respuesta de J. Krishnamurti. (Párrafo extraído de: “El Lector Pingüino”)

“…Si no reflexionas por ti mismo sobre la muerte y la comprendes, irás interminablemente de un predicador a otro, de una esperanza a otra, de una creencia a otra, tratando de hallar una solución a este problema de la muerte. ¿Comprendes? No sigas preguntando a algún otro, trata más bien de descubrir por ti mismo la verdad de ello. Formular innumerables preguntas sin tratar jamás de averiguar o descubrir es característico de una mente trivial.
Mira, tememos a la muerte sólo cuando nos aferrarnos a la vida. La comprensión de todo el proceso del vivir es también la comprensión del significado del morir. La muerte es meramente la extinción de la continuidad, y lo que tememos es no poder continuar; pero lo que continúa jamás puede ser creativo. Reflexiona sobre ello, descubre por ti mismo lo que es verdadero.
Es “la verdad”(1) la que te libera del miedo a la muerte, y no tus teorías religiosas ni tu creencia en la reencarnación o en la vida en el más allá.”



                1-  La verdad: Más allá de teorías y creencias; más allá del pensamiento. La verdad que es ‘vivencia directa’ de la esencia de la Vida. Tal libertad llega con la maduración de la conciencia, “cuando todo está completo”.





domingo, 14 de febrero de 2016

Meditación: quietud sin motivo…



Vivencias narradas por J. Krishnamurti en su “Diario n°1”

Día 18-10-1961.-  

Truenos y un gran chaparrón lo habían despertado a uno en medio de la noche [en Roma], con la lluvia golpeando contra la ventana y entre los árboles al otro lado de la carretera. El día había sido caluroso y el aire era agradablemente fresco; la ciudad dormía y la tormenta había cesado. Los caminos estaban húmedos y había escaso tránsito tan temprano en la mañana; el cielo todavía se hallaba cargado de nubes y había amanecida sobre la tierra. La iglesia [S. Giovanni in Luterano] con sus mosaicos dorados estaba brillantemente iluminada con luz artificial. El aeropuerto se encontraba muy lejos2 y el poderoso automóvil corría bellamente; estaba tratando de competir en carrera con las nubes. Pasó a los pocos automóviles que había en el camino, y abrazaba a gran velocidad la carretera en cada recodo. Lo habían retenido demasiado tiempo en la ciudad, y ahora estaba libre en la carretera. Y muy pronto estaría en el aeropuerto. En el aire se percibía el aroma del mar y de la tierra húmeda; los campos recientemente arados estaban oscuros y el verde de los árboles lucía muy vivo aun cuando el otoño había alcanzado ya unas pocas hojas; el viento soplaba del oeste y no habría sol durante todo el día. Cada hoja estaba limpia, lavada por la lluvia, y había belleza y paz sobre la tierra.

En medio de la noche, en la calma que siguió al trueno y al relámpago, el cerebro estaba totalmente quieto y la meditación era una apertura dentro del inmensurable vacío. La misma sensibilidad del cerebro lo aquietaba; estaba quieto pero sin motivo; la acción de la quietud que obedece a un motivo es desintegración. El cerebro estaba tan quieto que el espacio limitado de una habitación había desaparecido y había cesado el tiempo. Sólo existía una atención despierta sin un centro que estuviera atento; era la atención en la que el origen del pensamiento había cesado sin violencia alguna, naturalmente, fácilmente. Esa atención podía oír la lluvia y el movimiento en la habitación contigua; escuchaba sin ninguna interpretación y observaba sin el conocimiento. También el cuerpo estaba inmóvil. La meditación se rendía a «lo otro», que era de una pureza que todo lo deshacía sin dejar residuos; ello estaba ahí; eso es todo, y nada existía. Como nada existía, ello era. Era la pureza de toda esencia. Esta paz es un vasto, ilimitado espacio de inmensurable vacuidad…





‘Lo Otro’ estaba allí…



16-10-1961.-  (“Diario n°1”, de Krishnamurti)

Fue antes del amanecer, cuando no había ruido y la ciudad aún se hallaba dormida, que el cerebro al despertar se quedó inmóvil porque «lo otro» (lo inconsmensurable) estaba ahí. Entró muy quietamente y con tan vacilante cuidado porque en los ojos había sueño todavía, pero ello fue un gran gozo, de una admirable simplicidad y pureza.





Inconmensurable Paz…



15-10-1961.-  (Diario n°1 de Krishnamurti)

Ese día, K. experimentó una vez más la vivencia interna de “lo otro”, como él lo llamaba…, lo inconmensurable…, y lo describe así en su “Diario N°1”:

El sol de la mañana está sobre el bosquecillo al otro lado de la carretera; es una mañana tranquila, apacible, dulce bajo el sol no demasiado fuerte, y el aire es puro y fresco. Cada árbol está tan fascinantemente vivo, con tantos colores, y hay tantas sombras; todo es un llamado y una espera. Mucho antes de que el sol se levantara, cuando aún había quietud, sin ningún automóvil que subiera por la colina, la meditación era un movimiento en medio de la bendición. Este movimiento fluía dentro de «lo otro» que estaba ahí, en la habitación, colmándola y desbordándola hacia afuera y más allá, sin fin. Había en ello una profundidad inmensa e insondable y había paz.
Esta paz jamás conoció el conflicto, no estaba contaminada por el pensamiento y el tiempo. No era la paz de la finalidad última; era algo tremenda y peligrosamente vivo. Y no tenía defensas. Toda forma de resistencia es violencia y, por consiguiente, también es concesión. Esa no era la paz que engendra el conflicto; esa paz estaba más allá de todo conflicto y de sus opuestos. No era el fruto de la satisfacción y el descontento, en lo cual están las semillas del deterioro.



miércoles, 13 de enero de 2016

“Luz sin sombra”


Vivencias diarias narradas por J. Krishnamurti en su “Diario n°1”

Día  14-10-1961.-  

En los jardines [de la villa Borghese], justo en medio del ruido y de los olores de la ciudad, con sus chatos pinos y sus muchos árboles que se estaban tornando de color amarillo castaño, y con el aroma de la tierra húmeda, ahí, mientras uno se hallaba paseando con cierta seriedad, surgió la percepción de «lo otro». Estaba ahí con admirable belleza y dulzura; no era que uno se hallara pensando al respecto -ello impide todo pensamiento- sino que estaba ahí con tal plenitud que causaba sorpresa y un intenso deleite. La seriedad del pensamiento es muy fragmentaria e inmadura, y no obstante tiene que haber una seriedad que no es el producto del deseo. Existe una seriedad que tiene la cualidad de la luz, cuya misma naturaleza consiste en profundizar, una luz que carece de sombra; esta es infinitamente flexible y, por tanto, gozosa. Estaba ahí…, y cada árbol, cada hoja, cada brizna de hierba y cada flor cobraron intensa vida y esplendidez; el color era rico y el cielo inmensurable. La tierra, húmeda y sembrada de hojas, era la vida.


Ser libre desde el principio…


(J. Krishnamurti)

…Para explorar (internamente), como vamos a hacerlo, tiene que haber libertad, no al final, sino desde el mismo principio. Uno no puede explorar, investigar o examinar las cosas a menos que sea libre.
Para poder mirar profundamente se requiere no sólo libertad, sino también la disciplina necesaria para observar. La libertad y la disciplina van juntas (no es que uno deba ser disciplinado para luego ser libre). Usamos aquí la palabra “disciplina” no en el aceptado sentido tradicional que implica conformar, imitar, reprimir según un patrón determinado, sino más bien con el significado de la raíz de la palabra, que es “aprender”.
El aprender y la libertad van juntos, y la libertad genera su propia disciplina; no una disciplina impuesta por la mente para obtener cierto resultado. Estas dos cosas son esenciales: la libertad y el acto de aprender.

Uno no puede aprender sobre sí mismo a menos que sea libre, de modo que pueda observar, no de acuerdo con algún patrón, fórmula o concepto, sino observarse a sí mismo tal como uno es.

Esa observación, esa percepción, ese ver, generan su propia disciplina y su propio aprender. Esto no implica conformidad, imitación, represión o control de clase alguna; y en ello hay gran belleza…

De “El vuelo del águila”

Pláticas de Jiddu Krishnamurti en países europeos.