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viernes, 9 de enero de 2015

La meditación, un silencio sin esfuerzo…


(Del “Diario N°1”,  de Krishnamurti)

27-08-1961 (1° parte)

El torrente, al que se incorporaban otros pequeños torrentes, serpenteaba ruidoso a través del valle, y el alboroto jamás era el mismo. Tenía sus propios estados de humor, pero éstos nunca eran desagradables. Jamás un mal humor. Los torrentes pequeños poseían una nota más aguda, había en ellos más rocas y cantos rodados; tenían lugares profundos y tranquilos en la penumbra, y trechos superficiales donde danzaban las sombras; y por la noche adquirían un sonido por completo diferente, suave, dulce y vacilante. Descendían a través de diferentes valles desde fuentes distintas, una mucho más lejana que la otra; uno venía desde un glaciar y una sinuosa cascada, mientras que el otro debía proceder de una fuente demasiado lejana como para llegar hasta ella caminando. Ambos se unían al torrente más grande, el cual tenía un tono profundamente sereno, grave, más dilatado y vívido. Los tres estaban totalmente bordeados por filas de árboles y la línea curva de los árboles mostraba el lugar de donde provenían estos torrentes y hacia donde iban; eran los ocupantes de los valles y todos los demás eran extraños, incluso los árboles. Uno pudo observarlos por una hora y escucharlos en su interminable parloteo; estaban muy alegres y divertidos, aun el más grande, pese a tener que conservar cierta dignidad. Pertenecían a las montañas, venían desde alturas de vértigo cercanas al cielo y así eran de puros y nobles; no eran esnobs pero conservaban su lugar y se mantenían más bien fríos y distantes. En la oscuridad de la noche, cuando pocos escuchaban, tenían su propio canto. Era un canto compuesto por muchos cantos.
Cruzando el puente, en lo alto del monte jaspeado por el sol, la meditación era una cosa por completo diferente. Era un silencio sin esfuerzo, sin deseo ninguno, sin búsqueda, sin requerimiento alguno del cerebro; los pajarillos se alejaban gorjeando, las ardillas se perseguían sobre los árboles, la brisa jugueteaba con las hojas y había silencio. El torrente pequeño, el que venía desde una gran distancia, estaba más alegre que nunca y, no obstante, había silencio, no afuera sino muy profundamente en lo interno. Había una completa quietud en la totalidad de la mente, la cual no tenía límites. No era el silencio que existe dentro de un espacio cercado, en un área que está dentro de los límites del pensamiento y que entonces se reconoce como silencio. No había fronteras ni medidas y, por lo tanto, el silencio no estaba contenido en la experiencia para ser reconocido y guardado. Podría no volver a ocurrir jamás, y de hacerlo seria por completo diferente. El silencio no puede repetirse a si mismo; sólo el cerebro por medio de la memoria y los recuerdos puede repetir lo que ha sido, pero lo que ha sido no es lo real.
La meditación era esta ausencia total de una conciencia acumulada por el tiempo y el espacio. El pensamiento, núcleo esencial de la conciencia, no puede, haga lo que haga, producir ‘este silencio’; el cerebro con todas sus sutiles y complicadas actividades debe aquietarse por su propia cuenta, sin la promesa de ninguna recompensa o seguridad. Sólo entonces puede ser sensible, vivo y silencioso. El cerebro que comprende sus propias actividades, las ocultas y las visibles, es parte de la meditación; constituye el fundamento de la meditación; sin eso la meditación es sólo autoengaño, autohipnosis, que carece en absoluto de significación. Tiene que haber silencio para que tenga lugar la explosión creadora.




martes, 6 de enero de 2015

El amor: la llama sin el humo…


26 de agosto de 1961. (Diario n°1 de Krishnamurti)

Había sido una mañana hermosa, soleada, llena de luz y de sombras; el jardín del hotel cercano rebosaba de colores, de todos los colores, y éstos eran tan brillantes y el pasto era tan verde que lastimaban los ojos y el corazón. Y más allá las montañas resplandecían destacándose frescas y nítidas bañadas por el rocío de la mañana.
Era una mañana encantadora, y había belleza por todas partes; sobre el estrecho puente, en lo alto de un sendero que está al otro lado del torrente y que penetra en el monte, donde la luz jugaba con las hojas que temblaban y cuyas sombras se movían; eran plantas comunes pero sobrepasaban con su verdor y frescura a todos los árboles que se encumbraban hacia el cielo azul. Uno no podía más que maravillarse de todo este encanto, este derroche, este estremecimiento; no se podía estar sino atónito ante la quieta dignidad de cada árbol, de cada planta, y ante la infinita alegría de esas negras ardillas con sus largas y peludas colas. Las aguas del torrente se veían claras y centelleantes al sol que llegaba a través de las hojas. Había humedad en el monte y se estaba bien.
Mientras uno permanecía ahí observando la constante danza de las hojas, súbitamente advino «lo otro», un suceso intemporal, y hubo quietud. Era una quietud en la que todo se movía, danzaba y gritaba; no era la quietud que viene cuando una máquina deja de trabajar; la quietud mecánica es una cosa y la quietud en el vacío es otra. Lo uno es repetitivo, habitual, corruptor, y es buscado como un refugio por el cerebro cansado y en conflicto; lo otro es explosivo, nunca es lo mismo, no puede ser buscado, jamás es repetitivo y, por lo tanto, no brinda refugio alguno. Una quietud así fue la que advino y permaneció mientras paseábamos sin rumbo, y la belleza del monte se intensificó y los colores estallaron para ser atrapados en las hojas y en las flores… No era una iglesia muy vieja, como de los comienzos del siglo diecisiete, al menos eso decía sobre la bóveda; había sido renovada y la madera era de pino ligeramente coloreado, y los clavos de acero se velan brillantes y pulidos, lo que era imposible, por supuesto; uno estaba casi seguro de que quienes se habían reunido allí para escuchar alguna música, nunca miraban esos Pavos que llenaban todo el techo. No era una iglesia muy ortodoxa, no había olor de incienso, velas ni imágenes. Estaba ahí y el sol penetraba a través de los ventanales. Había muchos chicos a quienes se les había dicho que no hablaran ni jugaran, lo que no les impedía estar inquietos…; se les veía terriblemente solemnes y con los ojos prontos para reír. Uno de ellos deseaba jugar y se aproximó, pero era demasiado tímido para acercarse más. Ensayaban para el concierto de esa noche; había interés y todos estaban respetuosamente solemnes. Afuera el pasto era brillante, el cielo de un claro azul y había innumerables sombras…

¿Por qué…, por qué esta eterna lucha para ser perfecto, para alcanzar la perfección, igual que las máquinas? La idea, el ejemplo, el símbolo de la perfección es algo maravilloso, ennoblecedor, pero, ¿existe la perfección? Por supuesto que existe el intento de imitar lo perfecto, ‘el ejemplo perfecto’. ¿Es perfección la imitación? ¿Existe la perfección o es ésta meramente una idea que el predicador le da al hombre para mantenerlo respetable? En la idea de perfección hay mucho bienestar y seguridad, y ella es siempre provechosa tanto para el sacerdote como para el que está tratando de llegar a ser perfecto. Un hábito mecánico repetido una y otra y otra vez, puede eventualmente ser perfeccionado; sólo el hábito puede perfeccionarse. Pensar, creer en la misma cosa una y otra vez sin ninguna desviación, se vuelve un hábito mecánico y tal vez sea ésta la clase de perfección que todos desean… Esto cultiva “un perfecto muro de resistencia”, el cual impedirá cualquier perturbación, cualquier incomodidad. Además, la perfección es una forma glorificada del triunfo, y la ambición es exaltada por la respetabilidad y los representantes y héroes del éxito.

La perfección no existe, es una cosa fea, salvo en una máquina. El intento de ser perfecto es, realmente, un intento de batir el récord, como en el golf; se santifica la competencia: competir con el prójimo y con Dios para alcanzar la perfección es lo que llaman fraternidad y amor. Pero cada intento de perfección sólo conduce a una confusión mayor y a más dolor, lo que únicamente da mayor ímpetu para tratar de ser más perfecto.
Es curioso, siempre queremos ser perfectos en algo o con relación a algo; esto provee los medios para la realización, y el placer de la realización es, desde luego, vanidad. Él en cualquiera de sus formas, es brutal y lleva al desastre. El deseo de perfección externa o interna niega el amor, y sin amor, haga uno lo que haga, siempre habrá frustración y dolor.

El amor no es perfecto ni imperfecto; sólo cuando no hay amor surgen la perfección y la imperfección. El amor jamás se esfuerza en pos de algo; no procura llegar a ser perfecto. El amor es la llama sin el humo…; en el esfuerzo por ser perfecto sólo hay muchísimo humo…; la perfección, pues, descansa únicamente en el esfuerzo que es mecánico, más y más perfecto por el hábito, por la imitación, por la acción de engendrar más temor. Todos somos educados para competir, para alcanzar el éxito; entonces el fin se torna importantísimo y el amor por la cosa misma desaparece. Entonces el instrumento musical se usa no por amor al sonido sino por lo que el instrumento ha de producir: fama, dinero, prestigio, etc.

El ‘ser’ es infinitamente más importante que el devenir. Ser no es lo opuesto de devenir; si es lo opuesto o está en oposición, entonces no es el ser. Cuando el devenir muere completamente, entonces existe el ser. Pero este ser no es estático; no es aceptación ni es mera negación; el devenir, el ‘llegar a ser’ esto o aquello, implica tiempo y espacio. Todo esfuerzo debe cesar; sólo entonces existe el ser. El ser no está dentro del campo de la virtud y la moralidad social. Hace pedazos la fórmula social de la vida. Este ‘ser’ es la vida, no el patrón de vida. Donde hay vida no existe la perfección; la perfección es una idea, una palabra; la vida, el ser, está más allá de toda fórmula del pensamiento. Cuando la palabra, el ejemplo y el patrón son destruidos, ahí está el ser.

Durante horas y por relámpagos, esta bendición había estado ahí. Al despertar esta mañana muchas horas antes de la salida del sol, cuando había eclipse de luna, ahí estaba, con tanta fuerza y poder que el sueño no fue posible por un par de horas. Hay en ello una extraña pureza e inocencia.





MEDITACIÓN (por Krishnamurti)



Diario N°1.
25 de agosto de 1961.

Era muy temprano; aun no amanecería por un par de horas o más. Orión estaba surgiendo justamente sobre la cúspide de ese pico que está tras de los curvos y boscosos cerros. No había una sola nube en el cielo, pero, por lo que se sentía en el aire, probablemente habría niebla. Era una hora de quietud y el torrente aun estaba dormido; había una débil luz lunar y los cerros estaban oscuros, destacándose sus formas contra el pálido cielo. No soplaba brisa alguna y los árboles permanecían quietos y brillaban las estrellas…

La meditación no es una búsqueda; no consiste en buscar, probar o explorar. Es una explosión y un descubrimiento. No es un domesticar el cerebro para que se amolde, ni es un auto análisis introspectivo; ciertamente no es el entrenamiento en la concentración, que incluye preferencias y rechazos. Es algo que llega con naturalidad cuando todas las aseveraciones positivas y negativas y las realizaciones han sido comprendidas y abandonadas fácilmente.
La meditación es el vacío total del cerebro. Lo esencial es el vacío, no lo que hay en el vacío; el ‘ver’ sólo existe desde el vacío; de él proviene toda virtud, no la moralidad social y la respetabilidad. Es desde este vacío que llega el amor, de otro modo no es amor. Los cimientos de la recta conducta están en este vacío. Él es el principio y fin de todas las cosas.

Mirando a través de la ventana, a medida que Orión iba ascendiendo más y más, el cerebro estaba intensamente vivo y sensible, y la meditación se tornó en algo por completo diferente, algo a lo que el cerebro no podía enfrentarse; por lo tanto, éste se replegó sobre si mismo y quedó silencioso. Las horas que precedieron al amanecer y aun las siguientes, parecían no haber existido, y cuando el sol surgió sobre las montañas y las nubes atraparon sus primeros rayos, sólo había asombro en medio de tanto esplendor. Y comenzó el día. Extrañamente, la meditación continuaba.






sábado, 3 de enero de 2015

‘La muerte’: la danza de la nada y del amor…



24 de agosto de 1961. (Diario N°1, de Krishnamurti)

Era un día cálido…; las rocas resplandecían con un brillo puro. Los oscuros pinos parecían completamente inmóviles, a diferencia de esos álamos temblones listos para estremecerse al más leve soplo. Una fuerte brisa del oeste barría todo el valle. Las rocas estaban tan vivas que parecían correr tras de las nubes, y las nubes se adherían a ellas rodeándolas en su carrera y adoptando la forma y la curva de las rocas; y era difícil separar las rocas de las nubes y las rocas caminaban con las nubes. Todo el valle parecía estar moviéndose, y los pequeños y estrechos senderos que ascendían a los montes y más allá, parecían obedecerle y cobrar vida a su vez. Y los prados resplandecientes eran el refugio de tímidas flores. Pero en esta mañana las rocas regían el valle; contenían tantos colores que sólo existía la cualidad del color; estas rocas se veían apacibles en la mañana, y las había de innumerables formas y tamaños. Eran tan indiferentes a todo, al viento, a las lluvias y a las explosiones que producen las necesidades del hombre. Habían estado ahí y seguirían atando ahí hasta el fin de los tiempos. Era una mañana espléndida y había sol en todas partes y cada hoja estaba en movimiento; era una buena mañana para el paseo en automóvil, no a gran distancia pero lo suficiente pata ver la belleza del país.
Era una mañana nueva, una mañana que había sido renovada por la muerte, no la muerte por decadencia, enfermedad o accidente, sino la muerte que destruye para que haya creación. No hay ‘creación’(1) si la muerte no barre con todas las cosas que el cerebro ha acumulado para proteger la existencia egocéntrica. Anteriormente, la muerte era una nueva forma de continuidad, la muerte estaba relacionada con la continuidad. Con la muerte llegaba una nueva existencia, una nueva experiencia, un hálito nuevo y una nueva vida. Lo viejo cesaba y nació lo nuevo, y lo nuevo daba entonces lugar a algo más nuevo todavía. La muerte era el medio hacia el nuevo estado hacia la nueva invención, hacia un nuevo modo de vida, un nuevo pensamiento. Era un cambio aterrorizador, pero ese mismo cambio traía una nueva esperanza.
Pero ahora la muerte no trajo nada nuevo -un nuevo horizonte, un nuevo hálito. Es la muerte, absoluta y final(2). Y entonces nada hay, ni pasado ni futuro. Nada. No nace de ello cosa alguna. Pero no hay desesperación ni búsqueda; hay muerte completa, sin tiempo; un asomarse a grandes profundidades que no están allí. La muerte está ahí, sin lo viejo ni lo nuevo. Es la muerte sin sonrisa ni llanto. No es una máscara que cubre, que esconde alguna realidad. La realidad es la muerte y no hay necesidad de esconder cosa alguna. La muerte ha borrado todo y nada ha dejado.
Esta ‘nada’ es la danza de la hoja, es el llamado de aquel niño. Es la nada, y eso es lo que tiene que haber: nada. Lo que continúa es decadencia, la máquina, el hábito, la ambición. Hay corrupción, pero no la hay en la muerte. La muerte es la nada total. Y tiene que haber la muerte, porque gracias a ella existe la vida, existe el amor. Porque en esta nada esta la creación. Sin la muerte absoluta, no hay creación.

Estábamos leyendo algo, al azar, y reparábamos en el estado del mundo, cuando súbitamente, de modo inesperado, la estancia se llenó con la bendición que ha advenido tan frecuentemente en estos tiempos. Habían abierto la puerta del pequeño aposento y nos dirigíamos a comer cuando «eso» llegó a través de la puerta abierta.
Uno podía literalmente, físicamente sentirlo, como a una ola fluyendo dentro de la habitación. Se tornó «más» y «más» intenso -el más no está usado comparativamente; era algo increíblemente fuerte e inmutable, con un poder devastador. Las palabras no son la cosa, y la cosa real jamás puede ser puesta en palabras; debe ser vista, oída y vivida; entonces tiene una significación por completo diferente.
Últimamente el proceso(3) ha sido agudo, y uno no necesita escribir sobre ello todos los días.



1-      Creación: Hay que entender la significación que K. da a esta palabra. La ‘creación’ no es algo que surge de 'lo conocido', de la memoria, del pensamiento repetitivo, sino un hecho auténtico, original y nuevo, lleno de energía.
'Creación', (como aquí se la toma), sería un impulso de energía proveniente desde más allá de la mente, que se manifiesta en ‘la forma’. Tal impulso puro (búdico, átmico), puede tomar forma de acción, pensamiento, sentimiento, naturaleza…; y por eso su cualidad es “Belleza”, pero no esa belleza que tiene su opuesto, la fealdad, sino una Belleza que no tiene opuestos: la Belleza de la Esencia, del SER.
2-      La muerte absoluta, es aquí la muerte del yo, es decir, la muerte del pensamiento mecánico, que siempre vaga entre memorias del ‘pasado’ y proyecciones del ‘futuro’. El yo es pasado y futuro, es la mente siempre en turbulencia entre ambos 'impostores'... El verdadero AHORA es ‘no-yo’, la Inmensidad. (Muerte total es 'extinciòn', nirvana, Bienaventuranza y Alegría sin motivo)

3-      El proceso:  Llama así a los continuos dolores que padecía en su cuerpo como parte de una preparación interna.



LA ALEGRÍA DE SER (Eckhart Tolle)


            Para darse cuenta de que ha sido dominado por el tiempo psicológico, usted puede usar un criterio sencillo.  Pregúntese a sí  mismo: “¿Hay alegría, facilidad y liviandad en lo que hago?”. Si no las hay, entonces ‘el tiempo’ está ocultando el momento presente, y la vida se percibe como una carga o un esfuerzo.
            Si no hay alegría, facilidad o liviandad en lo que hace, no significa necesariamente que usted deba cambiar ‘lo que hace’. Puede ser suficiente cambiar el cómo. “Cómo” es siempre más importante que “qué”. Vea si puede darle más atención al proceso de hacer que al resultado de lo que quiere lograr con ello. Preste su atención más plena a cualquier cosa que presente el momento. Eso implica que usted acepta también lo que es, porque usted no puede prestar completa atención a algo y al mismo tiempo resistirse a ello.
            En cuanto honre el momento presente, toda la infelicidad y el esfuerzo se disuelven y la vida empieza a fluir con alegría y facilidad. Cuando usted actúa desde la conciencia del momento presente, cualquier cosa que haga queda imbuida en un sentido de calidad, cuidado y amor, incluso la acción más sencilla.

            Así que no se preocupe por el fruto de sus acciones, simplemente preste atención a la acción en sí misma. El fruto vendrá por añadidura. Esa es la poderosa práctica espiritual.

En el Bhagavad Gita, una de las enseñanzas espirituales más antiguas y hermosas que existen, el desapego del fruto de la acción, recibe el nombre de “Karma yoga. Se describe como el camino de la “acción consagrada”.

            Cuando cesa el forcejeo por huir del Ahora, la alegría de Ser fluye en todo lo que usted hace. En el momento en que su atención se vuelve al Ahora, usted siente ‘una presencia’, una quietud, una paz. Deja de depender del futuro para la realización y la satisfacción, no mira hacia él para la salvación. Por lo tanto, no está apegado a los resultados. Ni el fracaso ni el éxito tienen el poder de cambiar su estado interior de Ser. Usted ha encontrado la vida que hay oculta en su situación vital.
            En ausencia del tiempo psicológico(1), su sentido de usted mismo se deriva de Ser, no de su pasado personal. Por lo tanto, la necesidad psicológica de convertirse en algo diferente de lo que es ahora, ya no existe. En el mundo, en el nivel de su situación vital, usted puede realmente volverse rico, instruido, exitoso, libre de esto o de aquello, pero en la dimensión más profunda del Ser usted es completo y un total ‘ahora.


   ¿ En ese estado de plenitud todavía podremos o desearemos perseguir metas externas?

            Por supuesto, pero no tendrá expectativas ilusorias de que algo o alguien  en el futuro lo salvará o lo hará feliz. En lo concerniente a su situación vital (personal), puede haber cosas que quiera alcanzar o adquirir. Este es el mundo de las formas, de la pérdida y la ganancia.
            Sin embargo en un nivel más profundo usted ya está completo, y cuando se da cuenta de eso hay una energía juguetona, gozosa, detrás de lo que hace. Al estar libre del tiempo psicológico, usted ya no persigue sus metas con determinación inflexible, manejado por el miedo, la ira, el descontento o la necesidad de convertirse en alguien. Ni se quedará inactivo por el miedo al fracaso, lo que para el ego es la pérdida de sí mismo. Cuando su sentido más profundo de usted mismo deriva de Ser, cuando usted está libre de “llegar a ser” como una necesidad psicológica, ni su felicidad ni su sentido de usted mismo dependen del resultado, así pues hay libertad del miedo. Usted no busca  la permanencia donde no puede encontrarse: en el mundo de la forma, de la pérdida y la ganancia, del nacimiento y la muerte. Usted no pide que las situaciones, las condiciones, los lugares o las personas lo hagan feliz, y luego sufre cuando no cubren sus expectativas.
            Se valora todo, pero nada importa. Las formas nacen y mueren, y sin embargo, usted está consciente de lo eterno que hay bajo las formas. Usted sabe que “nada real puede ser amenazado”.
            Cuando este es su estado de Ser ¿Cómo puede usted no triunfar? Usted ya ha triunfado.

Del libro: “El poder del Ahora”, de E. Tolle.



1-      Tiempo psicológico: No confundir con “tiempo cronológico”. El tiempo psicológico es un hábito de la mente que consiste en una actividad permanente del pensamiento (memoria). La mente se agita constantemente (pensamientos mecánicos) de acuerdo a registros de experiencias pasadas, y luego proyecta imágenes de ese pasado con mezcla de deseos, ansiedades, miedos y/o ambiciones, hacia un hipotético futuro. Esa agitación permanente de la mente, condicionada por la idea del tiempo (dividido en la mente en ‘pasado, presente y futuro’), se llama “tiempo psicológico”. Este es ilusión, porque lo único que existe en realidad es el AHORA, que es eternidad.
Lo que se llama “pasado” es en realidad actividad del pensamiento ajustado al archivo de la memoria, y esta actividad mental (llamada ‘pasado’) ocurre siempre en el presente, en el ahora. Es decir que el pasado no existe en realidad más que como la actividad de la memoria que ocurre siempre en el ahora. Y el futuro es una proyección imaginativa de la mente, pero tal actividad también siempre ocurre en el único tiempo real posible: el AHORA. (No es posible “llegar al futuro”… como alguien podría imaginar, porque al llegar ‘allí’, ese momento sería siempre el AHORA).



viernes, 2 de enero de 2015

La pregunta más importante…



            Pregunta: A veces cuando estoy tranquilamente sentado, la pregunta surge en la mente: ¿Qué es la verdad? Pero cuando llego aquí me doy cuenta de que no soy capaz de preguntar… “¿Qué es la verdad Bhagwan?”


            Esa es la pregunta más importante que puede surgir en la mente de cualquiera, pero no hay respuesta para ella. La pregunta más importante, la pregunta última, no puede tener ninguna respuesta; por eso es la última.

            Cuando Poncio Pilatos preguntó a Jesús, “¿qué es la verdad?”, Jesús permaneció en silencio. No solo eso, la historia dice que cuando Poncio Pilatos formuló la pregunta “¿qué es la verdad?”, no esperó a escuchar la respuesta. Dejó la habitación y se alejó. Esto es muy extraño… Poncio Pilatos también piensa que no puede haber una respuesta para ella, así que no esperó la respuesta. Jesús también permaneció en silencio porque también sabe que no puede ser respondida.
            Pero esas dos comprensiones no son lo mismo, porque estas dos personas son diametralmente opuestas. Poncio Pilatos piensa que no puede ser respondida porque no hay verdad; ¿cómo podrías responderla? Esa es la mente lógica, la mente romana. Jesús permanece en silencio no porque no haya verdad, sino porque la verdad es tan inmensa que no puede ser definible. La verdad es así de descomunal, de enorme; no puede ser confinada a una palabra, no puede ser reducida a lenguaje. Está ahí. Uno puede ser ella, pero no puede decirla.
            Por dos razones diferentes se comportaron casi de la misma forma: Poncio no esperó a escuchar la respuesta, sabía de antemano que no hay verdad. Jesús permaneció en silencio porque conocía la verdad, y sabía que no puede ser dicha.
           
            Chidvila ha formulado esta pregunta. La pregunta es absolutamente significativa. No hay pregunta más elevada que ésa, porque “no hay religión más elevada que la verdad”. Pero la pregunta tiene que ser comprendida, tiene que ser analizada. Analizando la pregunta, intentando comprender la pregunta misma, puedes tener una visión de lo que es la verdad. Yo no la responderé, no puedo responderla. Nadie puede responderla(1). Pero podemos profundizar en la pregunta. Profundizando en la pregunta, la pregunta comenzará a desaparecer (comienza un silencio…) Cuando la pregunta haya desaparecido encontrarás la respuesta allí, en el mismo centro de tu corazón (y no es una respuesta verbal…).
            Tú eres la verdad, así que ¿cómo puedes perderla? Quizá te hayas olvidado de ella, quizá le has perdido la pista…, quizá te has olvidado de cómo entrar en tu propio ser, en tu propia verdad…

            La verdad no es una hipótesis, la verdad no es un dogma. La verdad no es hindú, ni cristiana, ni mahometana. La verdad no es mía ni tuya. La verdad no pertenece a nadie, pero todo el mundo pertenece a la verdad.
            Verdad significa “lo que es”: ése es exactamente el significado de la palabra. Viene de una raíz latina, vera. Vera significa: “eso que es”. Vera significa ‘lo que es’, sin interpretar. En cuanto aparece la interpretación, lo que conoces es la realidad, no la verdad. Esa es la diferencia entre verdad y realidad. La realidad es ‘la verdad interpretada’.

            Así que en el momento en que respondes a “¿qué es la verdad?”, se convierte en ‘realidad’. Ya no es verdad. La interpretación ha entrado en ella, la mente la ha coloreado. Y hay tantas ‘realidades’ como mentes. Existen multi-realidades; la verdad es una, porque la verdad sólo se conoce cuando la mente no está ahí.
            Es la mente la que te mantiene separado de mí, separado de otros, separado de la existencia. Si miras a través de la mente, entonces la mente te dará ‘una imagen de la verdad’. Será solo una imagen, una fotografía de ‘lo que es’ (…). Esa fotografía no es la verdad, sino la realidad… (una cierta realidad, acorde a la calidad de la fotografía…).
            Comprender la palabra “realidad” es también hermoso. Viene de la raíz ‘res; significa ‘cosa’ o ‘cosas’. La verdad no es una cosa. Una vez interpretada, una vez que la mente se la ha apropiado, la ha definido, demarcado, se convierte en ‘una cosa’.

            Así que (si preguntas “¿qué es la verdad?”) ninguna respuesta es posible, de ahí que Jesús permaneciese en silencio.
            Pero si lo miras con profunda comprensión, si miras el silencio de Jesús, tendrás una respuesta. El silencio es la respuesta. Jesús está diciendo: “Estate en silencio, como yo estoy en silencio, y sabrás” –sin decirlo con palabras. Es un gesto; es muy al estilo del Zen. En ese momento en que Jesús permaneció en silencio, se acercó mucho al enfoque Zen, al enfoque budista. Él es un Buda en ese momento. Buda jamás respondió esas preguntas… Nunca respondió a lo fundamental, porque lo fundamental sólo puede ser experimentado. Y la verdad es lo más fundamental; la verdad es la sustancia misma de la existencia…


Del libro “El Sutra del Corazón”
De Bhagwan Shree Rajneesh (Osho)




1-      Nadie puede responder la pregunta “¿qué es la verdad?” porque la verdad es algo enteramente ‘vivencial’, no algo que puede ser encerrado en el intelecto, en la mente, en el símbolo. ‘La verdad es el SER’, podríase decir, pero el decir esto no resuelve nada en realidad, porque debe ser experimentado, vivenciado. Sin embargo el inquirir, el preguntar, el razonar, el discernir, es una vía… El intelecto es una vía, un camino, aunque la respuesta final, la respuesta verdadera, no es mental, no es intelectual…



“El perfume de una flor no puede ser definido en palabras…, la fragancia deberá ser inhalada, en vivo…, eso es ‘saber’… Pero una vez inhalada no puede decirse “ya sé”…, por que la fragancia siempre está cambiando, es siempre nueva y fresca, y por eso no puede ser definida. Hay que inhalarla a cada instante…”   (Suryanam).




Mucha gente solía acudir a Buda…


            Mucha gente solía acudir a Buda –porque este país (la India) ha estado dominado por este tipo de ego (el ‘ego espiritual’, con la idea de ‘auto-continuidad’). La gente cree en el alma permanente, el alma eterna, Atman. Se acercaban a Buda una y otra vez y le preguntaban: “Cuando muera ¿permanecerá algo o no…?” Y Buda se reía y decía: “¡No hay nada ahora mismo! Así que, ¿por qué preocuparse por la muerte? Nunca ha habido nada desde el principio”… Y esto era incomprensible para la mente india. La mente india está predominantemente enganchada a este tipo de ego. Es por este motivo que el Budismo no pudo sobrevivir en la India. En quinientos años, el Budismo desapareció. Encontró mejores raíces en China, a causa de Lao Tse (el escritor del Tao Te King, base del Taoísmo). Lao Tse había creado allí un campo realmente bello para el Budismo. El clima estaba preparado –como si alguien hubiese acondicionado el terreno; solo se necesitaba la semilla. Y cuando la semilla llegó a China se transformó en un gran árbol. Pero desapareció de la India. Lao Tse no tenía el concepto de un yo permanente. Y en China a la gente no le preocupaba demasiado.
            Estas son las tres culturas del mundo: una cultura, la llamada “materialista” –muy predominante en occidente; otra cultura, la llamada “espiritualista” –muy predominante en la India; y China tiene un tercer tipo de cultura, ni materialista ni espiritualista: la cultura “taoísta”; vive el momento y no te preocupes por el futuro, porque preocuparte por el cielo y el infierno y el paraíso y moksha es básicamente estar continuamente interesado en ti mismo. Es muy egoísta, es muy egocéntrico. Para Lao Tse, para Buda también, y yo también lo creo así, una persona que intenta alcanzar el cielo es una persona tremendamente egocéntrica, muy egoísta; y no sabe nada de su propio ser interno –‘no hay yo’.


Del libro: “El Sutra del Corazón”,
Sutra budista comentado y explicado por Bhagwan Shree Rajneesh (Osho)




“Es la disolución de esa ilusión,
de esa interferencia energética llamada ‘yo’,
lo que trae ‘el perfume de la rosa’…
LA BELLA FRAGANCIA DEL SER,
LA FRAGANCIA DE LA NADA…”

   Suryanam Ra